Capítulo 18
El Hombrecito de Mantequilla
El carro llega.
No hace casi ruido, porque va todo cerrado con trapos. El carro va detrás de doce burros pequeños, todos del mismo color. Y los doce burros llevan zapatos blancos en las patas.
El carro va lleno de niños. Van uno encima del otro, porque ya no hay lugar. Ninguno dice nada. Todos van contentos.
Arriba va un hombre.
Es un hombre chico. No es alto, pero es grande de un lado al otro. Tiene la cara blanca y la boca pequeña, y se ríe todo el tiempo. Le habla a cada niño con una voz muy dulce.
Los niños le dicen el Hombrecito de Mantequilla.
—Buenas noches, niños —dice—. ¿Quién más viene conmigo al País de los Juguetes?
—¡Yo! —dice Mecha.
—¡Y yo! —dice Pinocho.
—Muy bien. Pero adentro ya no hay lugar. Uno de ustedes va aquí arriba, conmigo. Y el otro puede ir encima de un burro.
Mecha se sube al primer burro. Pinocho quiere subir también. Pero el Hombrecito le pone una mano en la cabeza y se ríe.
—Tú vienes conmigo, hijo.
Y el carro se va por el camino oscuro.
Después de un rato Pinocho oye una voz. Es una voz tan baja que casi no se oye:
—¡Pobre de ti! Vuelve a tu casa. Vas a llorar como lloramos nosotros.
Pinocho se da la vuelta y mira, porque esa voz viene de abajo. Los burros caminan. Nadie habla.
—¿Quién dice eso? —pregunta.
Nadie dice nada.
El carro sigue. Y entonces Pinocho oye otra vez la misma voz:
—Vuelve a tu casa.
Pinocho mira los doce burros. Y ve que el primero de todos tiene los ojos llenos de agua. Está llorando. Llora como llora un niño.
—¡Señor Hombrecito! —dice Pinocho—. ¡Ese burro llora!
—Deja al burro. Es de noche y tiene frío.
—Pero llora de verdad. Llora como un niño.
—Los burros lloran a veces —dice el Hombrecito, y se ríe—. Tú sigue tu camino.
Pero Pinocho baja del carro. Va hasta el burro que llora y le pone la mano en la cabeza.
—¿Qué te pasa? —le dice, muy bajo—. ¿Por qué lloras?
El burro no dice nada. Solo mira a Pinocho.
Y en ese momento llega el Hombrecito de Mantequilla. Todavía se ríe. Va hasta el burro que llora y le pone la boca en la cabeza. Y de un solo golpe le come media oreja.
—Sube al carro —le dice a Pinocho, con la misma voz dulce de siempre—. Nos vamos.
Pinocho sube. No dice nada, porque no entiende nada.
Y el carro sigue por el camino, toda la noche.
A la mañana llegan al País de los Juguetes.
Y es verdad todo lo que dice Mecha. Es verdad todo.
En ese país no hay escuelas. No hay libros. No hay ningún señor con un libro. Las calles están llenas de niños que juegan de la mañana a la noche. Unos corren, otros gritan, otros hacen ruido con las manos y con los pies.
Pinocho juega. Juega todo el día. Después juega toda la semana. Después juega todo el mes.
Pasan cinco meses así. Cinco meses de fiesta, de la mañana a la noche.
Y una mañana Pinocho abre los ojos y siente algo en la cabeza.
Se toca detrás de la oreja.
Y la mano se queda ahí.