Capítulo 2
Gepeto en la cárcel
Pinocho sale por la puerta y corre por la calle.
Sus pies de madera hacen mucho ruido en las piedras. Toc, toc, toc, toc. La gente sale de las casas para ver qué pasa. Y cuando ve un muñeco de madera que corre solo, todo el mundo se ríe.
—¡Ese muñeco es mío! —grita Gepeto detrás de él—. ¡Es mi hijo!
Pero nadie ayuda a Gepeto. La gente se ríe tanto que no puede ni hablar.
Entonces llega un policía. El policía oye todo ese ruido y piensa que en la calle hay un animal grande. Abre las piernas y espera en medio de la calle.
Pinocho quiere pasar por debajo, entre las dos piernas del policía. Pero el policía es rápido y toma a Pinocho por la nariz. La nariz es tan larga que el policía no necesita hacer nada más.
Después lleva a Pinocho a su padre.
Gepeto está muy enojado. Quiere tomar a Pinocho por las orejas, y entonces se da cuenta de una cosa: no hay orejas. Gepeto hace todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Pero las orejas no.
—Vamos a casa —dice Gepeto—. Y en casa hablamos tú y yo.
Cuando Pinocho oye eso, se sienta en el suelo y no se mueve más.
La gente de la calle mira. Unos dicen una cosa y otros dicen otra.
—Pobre muñeco —dice un hombre—. Yo no quiero ir a esa casa. Ese viejo le va a dar unos buenos golpes.
—Gepeto parece bueno —dice una mujer—, pero con los niños es muy malo. Aquí todos saben eso.
Nadie sabe eso, porque no es verdad. Pero la gente habla y habla, y el policía escucha.
Después de un rato el policía toma una decisión. Deja a Pinocho en la calle y se lleva a Gepeto a la cárcel.
Gepeto no dice ni una palabra contra la gente. Llora como un niño.
—¡Hijo malo! —dice—. Yo quiero hacer un muñeco bueno. Y mira lo que tengo ahora.
La puerta de la cárcel se cierra. Gepeto no le hace nada malo a nadie. Gepeto está en la cárcel porque su hijo de madera corre por la calle.
Pinocho no mira atrás.
Corre por el campo, entre los árboles, por encima de las piedras. Salta y corre y no piensa en su padre ni por un momento. Cuando llega a casa de Gepeto, la puerta está abierta. Entra, cierra la puerta y se sienta en el suelo.
—Ahora la casa es mía —dice—. Ahora hago lo que quiero.
Y está muy contento. Está contento porque nadie le va a decir qué hacer. Mañana no va a la escuela. Y en esta casa ya no hay nadie.
Pero en esta casa sí hay alguien.
—Cri-cri-cri.