Capítulo 3
El grillo y el brasero
—Cri-cri-cri.
—¿Quién habla? —dice Pinocho.
—Yo.
Pinocho mira la pared. Ahí arriba hay un grillo grande y negro que sube despacio.
—¿Y tú quién eres?
—Soy el grillo que habla. Hace más de cien años que vivo en este cuarto.
—Hoy este cuarto es mío —dice Pinocho—. Vete de aquí ahora mismo. La puerta está abierta.
—No me voy, porque primero tengo que decirte una cosa importante.
—Dime esa cosa, y rápido.
—Los niños que no escuchan a su padre no van a estar contentos nunca. Cuando son grandes saben la verdad, pero entonces ya es tarde.
—Habla, habla, grillo —dice Pinocho—. Yo sé una cosa: mañana temprano me voy de aquí para siempre. Si me quedo, me pasa lo que les pasa a todos los niños. Van a la escuela y tienen que estudiar. Y a mí no me gusta estudiar. Yo quiero correr detrás de los pájaros y subir a los árboles.
—¡Pobre muñeco! Los niños que no quieren estudiar son burros. Un día vas a ser un burro de verdad, con cuatro patas y dos orejas largas. Y todo el mundo se va a reír de ti.
—Yo no soy un burro —grita Pinocho—. ¡Grillo malo!
Pero el grillo sigue hablando, porque es viejo y no tiene miedo.
—Si no quieres ir a la escuela, tienes que trabajar. Así te ganas el pan con las manos.
—De todos los trabajos del mundo solo uno es bueno para mí: comer, beber, dormir y jugar de la mañana a la noche.
—Los que hacen ese trabajo —dice el grillo, muy despacio— van a parar a la cárcel.
—¡Cuidado, grillo! Si sigues así, algo malo te va a pasar.
—Pobre Pinocho. Pobre de ti, porque eres un muñeco. Y porque tienes la cabeza de madera.
Entonces Pinocho salta. Toma el martillo de la mesa y tira el martillo contra la pared, muy fuerte.
—¡Cri!
El grillo no se cae. Se queda ahí, en la pared, y ya no se mueve.
Pinocho mira el martillo en el suelo. Después mira la pared. No dice nada.
Y después de un rato ya no piensa en el grillo, porque tiene hambre.
Primero tiene un poco de hambre. Después tiene hambre de verdad. Después tiene mucha, mucha hambre. Pinocho corre al fuego de la pared y levanta la mano para tomar la comida.
Pero no hay comida. No hay fuego. La comida y el fuego están pintados, y la mano de Pinocho toca la pared fría.
Busca encima de la mesa y debajo de la cama. Busca en el suelo, entre la madera vieja. No hay nada de nada, porque en esta casa nunca hay nada.
—El grillo tiene razón —dice Pinocho, y ahora llora—. Yo soy malo con mi padre y me voy de mi casa. Mi padre no está aquí, y por eso no hay comida. ¡Qué cosa tan mala es el hambre!
Afuera es de noche. Hace mucho viento y cae mucha agua. El cielo se pone blanco un momento y después se pone negro otra vez. Pinocho tiene miedo de la noche, pero el hambre es más fuerte que el miedo. Y Pinocho sale a la calle.
El pueblo está oscuro y no hay nadie, porque a esta hora todos duermen. Pinocho llega a una casa y toca y toca y toca.
Una ventana se abre arriba. Un viejo con un gorro de dormir mira para abajo.
—¿Qué quieres a esta hora?
—Un poco de pan, por favor. Tengo hambre.
—Espera ahí. Ahora vuelvo.
Pinocho espera debajo de la ventana, muy contento, porque ya piensa en ese pan.
Entonces el viejo tira agua fría por la ventana. El agua cae encima de Pinocho.
Pinocho vuelve a casa con agua en la cabeza, en los brazos y en las piernas. Ya no puede más. Se sienta en una silla pequeña y pone los dos pies encima del brasero.
El brasero es una cosa que Gepeto tiene para el frío. Dentro del brasero hay fuego rojo. Ese sí es fuego de verdad.
Pinocho se duerme.
Y mientras Pinocho duerme, sus dos pies de madera se queman. Se queman despacio, muy despacio. Se ponen negros. El brasero quema los dos pies de madera, y después ya no están.
Pinocho no siente nada y duerme toda la noche.
Cuando abre los ojos es de mañana, y alguien toca la puerta.
—¿Quién es? —dice.
—Ábreme. Soy yo.
Es la voz de Gepeto.