Capítulo 4
Las tres peras
Pinocho salta de la silla para abrir la puerta. Pero cuando salta, se cae al suelo y hace mucho ruido.
—¡Ábreme! —dice Gepeto desde la calle.
—No puedo, papá. No puedo.
—¿Por qué no puedes?
—Porque alguien me come los pies.
—¿Y quién te come los pies?
—El gato —dice Pinocho. Y sí, en ese momento hay un gato en el cuarto. El gato juega con la madera vieja.
—¡Abre la puerta! —dice Gepeto—. Ahora entro yo, y vas a ver.
—Papá, de verdad, no puedo. Ahora tengo que caminar así toda la vida.
Gepeto piensa que su hijo hace otra cosa mala. Entonces sube por la pared de la casa y entra por la ventana.
Primero está muy enojado. Después ve a Pinocho en el suelo, sin pies, y se pone triste. Toma a Pinocho en brazos y le habla. Y llora.
—Mi Pinocho, mi pobre Pinocho. ¿Cómo te quemas los pies?
Y Pinocho habla y habla y habla, muy rápido y sin parar.
Gepeto no entiende casi nada. Solo entiende una cosa: su hijo tiene hambre.
Entonces saca tres peras del abrigo.
—Estas tres peras son mi comida de la mañana —dice—. Pero ahora son tuyas. Come, hijo. Ya no hay por qué llorar.
—Papá, córtales la piel, por favor. Yo no como peras con piel.
—¿La piel? —dice Gepeto—. En este mundo tenemos que comer de todo, hijo. Nunca se sabe qué nos espera mañana.
Pero toma su cuchillo y les corta la piel a las tres peras. Después pone las tres pieles en la mesa, una al lado de la otra.
Pinocho come la primera pera en un momento. Después quiere tirar el corazón de la pera al suelo, pero Gepeto le toma el brazo.
—No, hijo. En este mundo nada se tira.
Pinocho come las tres peras. Después abre mucho la boca y dice:
—Todavía tengo hambre.
—Y yo ya no tengo nada más. Solo estas tres pieles y estos tres corazones.
Pinocho mira las pieles y pone mala cara. Y después se come todo, porque el hambre puede más. En la mesa no queda nada.
—¡Ahora sí estoy bien! —dice.
—¿Ves? —dice Gepeto—. Yo tengo razón. Nunca se sabe qué nos espera mañana.
Después de comer, Pinocho quiere pies nuevos. Llora y grita y no para.
—¿Y para qué te hago pies nuevos? —dice Gepeto—. ¿Para verte salir corriendo otra vez?
—Prometo ser bueno —dice Pinocho—. Prometo ir a la escuela. Prometo estudiar y trabajar, para cuidar a mi papá.
—Todos los niños prometen eso, porque todos quieren algo.
Pero Gepeto mira a su hijo triste en el suelo y ya no está enojado. No dice nada más. Toma madera y trabaja sin parar. En menos de una hora los pies nuevos ya están hechos.
—Ahora cierra los ojos y duerme —dice Gepeto.
Pinocho cierra los ojos. Y mientras hace como que duerme, Gepeto le pone los pies.
Pinocho baila por todo el cuarto, porque los pies nuevos son mejores que los de antes.
—Para darte las gracias, papá, ahora mismo voy a la escuela. Pero para ir a la escuela necesito ropa.
Gepeto no tiene dinero. Entonces le hace ropa de papel, con flores pintadas. Le hace zapatos de madera. Le hace un gorro de pan. Los zapatos no son bonitos, pero son zapatos. Pinocho se mira en el agua y está muy contento.
—Ahora parezco un señor —dice—. Pero para la escuela necesito una cosa más. Necesito un libro.
—Es verdad. ¿Y cómo compramos el libro?
—Con dinero.
—Yo no tengo dinero —dice Gepeto, despacio.
Pinocho se pone triste. Cuando una casa es pobre de verdad, hasta los niños malos entienden qué pasa.
Entonces Gepeto se pone el abrigo viejo y sale de la casa sin decir nada.
Vuelve después de un rato con el libro en la mano. Pero no lleva el abrigo. Y afuera hace mucho frío.
—¿Y tu abrigo, papá?
—Vendo el abrigo, hijo.
—¿Por qué vendes el abrigo?
—Porque tengo calor.
Pinocho entiende muy bien por qué su padre vende el abrigo. Salta a los brazos de su padre. Y le da un beso, y otro, y otro más.
Al otro día Pinocho va a la escuela con el libro debajo del brazo.
Y entonces oye un ruido a lo lejos. Pum. Pum. Pum, pum, pum.