Capítulo 6
Tragafuego
Tragafuego es muy feo. Pero por dentro no es tan malo como parece.
Ve al muñeco pequeño en brazos de los otros. Oye esas palabras. Y algo le pasa por dentro. Primero mueve la cabeza. Después mueve la barba. Y después hace:
—¡ACHÍS!
Arlequín está muy triste. Pero cuando oye el ruido, ya no está triste. Se pone contento y le habla a Pinocho al oído:
—Esto es bueno, hermano. Tragafuego hace ¡ACHÍS! cuando está triste por alguien. Ahora ya no te pasa nada.
Porque Tragafuego es así. Todo el mundo llora cuando está triste. Él no. Él hace ¡ACHÍS!
—¡Ya está bien! —le dice a Pinocho—. Cuando lloras así me pasa una cosa fea aquí adentro y... ¡ACHÍS! ¡ACHÍS! ¿Tienes padre y madre?
—Padre sí. Madre no. Yo no tengo madre.
—¡Pobre viejo! Ese padre tuyo va a estar muy mal si yo te pongo en el fuego. ¡ACHÍS! ¡ACHÍS! ¡ACHÍS! Pero yo también estoy mal, ¿sabes? Mi comida está a medio hacer y no tengo más madera para el fuego. Bueno. Entonces quemo a otro muñeco en tu lugar.
Y llama a los dos muñecos de madera que hacen de policías en su teatro.
—Quiero a Arlequín en el fuego. Mi comida tiene que estar bien hecha.
Arlequín oye eso y se cae al suelo, con la cara contra la madera.
Pinocho mira a su amigo en el suelo. Después mira el fuego. Después mira otra vez a su amigo.
Y entonces hace una cosa que nunca hace en toda su vida corta: piensa en otro antes que en sí mismo.
Va hasta los pies de Tragafuego. Está llorando y casi no tiene voz.
—Por favor, señor. Yo le pido perdón por mi amigo.
—Aquí no hay perdón —dice Tragafuego—. A ti te dejo ir. Entonces Arlequín va al fuego en tu lugar. Tengo hambre y mi comida tiene que estar hecha.
Entonces Pinocho se pone de pie. Se saca el gorro de pan de la cabeza y tira el gorro al suelo.
—En ese caso ya sé qué hago —dice—. Vengan, señores. Al fuego voy yo. Arlequín es el mejor amigo que tengo, y Arlequín no se muere en mi lugar.
Pinocho dice esas palabras fuerte y claro. Todos los muñecos del teatro empiezan a llorar. Los dos policías de madera lloran también.
Tragafuego no se mueve. Tiene la boca cerrada y la cara muy seria.
Y después la barba empieza a moverse.
—¡ACHÍS! ¡ACHÍS! ¡ACHÍS! ¡ACHÍS!
Cuatro veces. Cinco veces. Entonces Tragafuego abre los brazos.
—Ven aquí, muñeco. Tú eres bueno con tu amigo. Ven y dame un beso.
Pinocho corre y sube por la barba negra, arriba y arriba. Y le da un beso en la nariz.
—¿Y yo? —dice Arlequín desde el suelo, con una voz muy baja—. ¿Para mí también hay perdón?
—Para ti también hay perdón —dice Tragafuego. Y después mueve la cabeza y dice—: Bueno. Esta noche como mi comida a medio hacer. Pero desde hoy, muñecos, cuidado.
Los muñecos suben corriendo y bailan hasta la mañana, porque esta noche nadie se quema.
Al otro día Tragafuego llama a Pinocho.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Gepeto.
—¿Y qué trabajo hace?
—Trabaja la madera.
—¿Y gana mucho?
—Gana tanto que nunca tiene ni una moneda en la mano. Para comprarme un libro de la escuela, vende su abrigo. Un abrigo viejo, todo roto.
—¡Pobre hombre! Toma. Aquí tienes cinco monedas de oro. Ve y dale ese dinero a tu padre de mi parte.
Pinocho da las gracias mil veces. Abraza a todos los muñecos del teatro, hasta a los dos policías. Después sale al camino con las cinco monedas de oro en la mano.
Camina muy contento. Pero no camina ni media hora.
Y entonces, en el camino, ve a un zorro y a un gato.
El zorro camina con tres patas y lleva la otra pata arriba, sin tocar el suelo. El gato tiene los ojos cerrados y no ve nada. Los dos van juntos, muy amigos. El zorro se agarra del gato para caminar. Y el gato va por donde el zorro dice.