Capítulo 1
La casa de Shaws
—Antes de morir, tu padre me dio esta carta —dijo el señor Campbell—. Me dijo que era tu herencia.
Era una mañana de junio, muy temprano. El señor Campbell, el pastor de Essendean, caminaba conmigo hasta el río para decirme adiós. Yo tenía diecisiete años. Mi madre estaba muerta, y mi padre, el maestro de la escuela del pueblo, también. Ya no tenía casa. Tenía una bolsa con mi ropa, y ahora tenía una carta.
Miré el papel. Tenía la letra de mi padre: «Para el señor Ebenezer Balfour, de Shaws, en su casa de Shaws. Se la va a llevar mi hijo, David Balfour».
—¿Shaws? —pregunté—. ¿Qué tenía que ver mi padre con la casa de Shaws?
—No lo sé —dijo el pastor—. Pero tu padre me dijo que él venía de ese lugar, y que su hijo tenía que volver allí. Los Balfour de Shaws son una familia honesta, con una historia muy larga, David. Ese es el nombre de tu familia. Shaws está a dos días de camino, cerca de Edimburgo. Y si te cierran la puerta, vuelves aquí. Mi casa siempre está abierta para ti.
Antes de irse, me dio una bolsa pequeña. Adentro estaba el dinero que habían pagado por los libros de mi padre. Y había tres regalos: una Biblia, una moneda y un papel amarillo que explicaba cómo hacer un agua de flores buena para casi todo. Abajo, con su propia letra, el pastor había escrito: «También sirve para los golpes». Me reí, pero con lágrimas en los ojos.
Caminé dos días. Cuando ya estaba cerca de Edimburgo, empecé a preguntar por la casa de Shaws. Y pasó algo raro. Las personas que oían ese nombre me miraban de una manera extraña, y no me contestaban bien.
Un hombre que venía en un carro paró su caballo.
—¿La casa de Shaws? ¿Para qué?
—¿Es una casa grande? —pregunté.
—Muy grande.
—¿Y la gente que vive ahí?
—¿Gente? —gritó el hombre—. ¿Estás loco? Ahí no vive gente. Por lo menos, gente de verdad.
—¿Y el señor Ebenezer?
—Sí, claro. El dueño. ¿Qué quieres con él, muchacho?
—Pensé que tal vez me podía dar trabajo.
—¿Trabajo? —El hombre me miró un momento—. Mira, no es cosa mía. Pero pareces un buen chico. Escucha lo que te digo: no te acerques a Shaws.
Un poco más adelante le pregunté a otro hombre qué clase de persona era el señor Balfour.
—Ese no es un hombre —me dijo—. No es ninguna clase de hombre.
Y se fue sin decir más.
Yo no entendía nada, y cada respuesta me gustaba menos. Pero ya había caminado demasiado para volver con vergüenza a Essendean. Así que seguí.
Al final de la tarde encontré a una mujer en el camino. Cuando le hice mi pregunta, me llevó hasta lo alto de una colina. Desde allí señaló con el dedo una casa grande, abajo, entre los campos.
El campo de alrededor era muy bonito, con ovejas y árboles llenos de flores. Pero la casa parecía una ruina. No había camino hasta la puerta, y no salía humo de ninguna parte.
—¿Esa? —grité.
La cara de la mujer se llenó de odio.
—¡Esa es la casa de Shaws! La sangre la construyó. La sangre paró la obra. Y la sangre la va a tirar abajo. —Levantó la mano hacia la casa—. Si ves al dueño, dile esto: es la vez número mil doscientos diecinueve que Jennet Clouston echa una maldición sobre él y sobre su casa. ¡Que caiga, que caiga!
Y se fue casi corriendo. Yo me quedé allí, con el pelo de punta. En esos tiempos la gente todavía les tenía mucho miedo a las maldiciones.
Me senté y esperé hasta que se fue el sol. Entonces vi subir de la casa un poco de humo, muy poco. Pero era humo: adentro había un fuego, y alguien lo cuidaba. Eso me dio un poco de valor.
Bajé por un camino muy pequeño, casi perdido en el campo. Cuanto más me acercaba, más triste me parecía la casa. Era solo la mitad de una casa, una casa que nadie terminó nunca. Del lado sin terminar, arriba, se veía una escalera de piedra que subía hacia el cielo y no llegaba a ninguna parte. Por las ventanas sin vidrio entraban y salían los murciélagos.
Ya era de noche. En tres ventanas de abajo, altas y estrechas, se movía la luz de un fuego pequeño. ¿Este era el gran lugar de mis sueños? En la casa de mi padre, el fuego se veía desde lejos, y la puerta estaba abierta para todos los pobres.
Me acerqué despacio. Adentro alguien movía cosas, y se oía una tos corta, nerviosa. Pero nadie hablaba, y no había ningún perro.
La puerta era grande y fuerte, llena de hierro. Llamé una vez. Esperé. La casa se quedó en un silencio de muerte. Pasó un minuto. Llamé otra vez. Ahora podía oír hasta un reloj, adentro, que contaba los segundos. Pero la persona que estaba en esa casa no se movía. Casi no respiraba.
Pensé en salir corriendo. Pero me enojé, y empecé a dar golpes en la puerta y a gritar el nombre del señor Balfour. Entonces oí la tos arriba de mi cabeza. Salté hacia atrás y miré hacia arriba. En una ventana había un hombre con un gorro de dormir, y la boca ancha de un trabuco me apuntaba.
—Está cargado —dijo una voz.
—Traigo una carta para el señor Ebenezer Balfour, de Shaws —dije—. ¿Está aquí?
—¿De quién es?
—Eso no le importa.
—Bueno. Déjala en la puerta y vete.
—No voy a hacer eso —grité—. Tengo que ponerla en sus propias manos.
Hubo un silencio largo.
—¿Y quién eres tú?
—No me da vergüenza mi nombre. Me llamo David Balfour.
Oí temblar el trabuco contra la ventana. Hubo otro silencio, más largo todavía. Después, con una voz muy distinta, el hombre hizo una pregunta:
—¿Tu padre está muerto?
Me quedé tan sorprendido que no pude contestar. Solo lo miré.
—Sí —dijo él—. Está muerto, claro. Por eso vienes a golpear mi puerta.
Otro silencio. Y después, casi enojado:
—Bueno. Te voy a dejar entrar.
Desapareció de la ventana. Y detrás de la puerta oí caer una cadena, y después otra, y otra más.